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"Toda teología es política" (Juan Bautista Metz, en "Dios y tiempo: Nueva teología política")
Sexualidad
Como palabra, no aparece en la Biblia, pero las relaciones entre los dos sexos son la clave para entender muchas cosas, como la vida en sociedad, basada en la convivencia de parejas heterosexuales a través del matrimonio (Gn 2, 18; Gn 3, 20), institución que sirve para ilustrar la relación de Dios con su pueblo (de esposo a esposa; el término del Antiguo Testamento para infidelidad, incluída la infidelidad de la idolatría, es la palabra que se utiliza para la infidelidad matrimonial).
El cristianismo no afirma que las relaciones sexuales matrimoniales solamente pueden sostenerse para tener hijos, ni menos es ésa en alguna forma la perspectiva bíblica del tema. Por el contrario, incluso existe un libro bíblico dedicado a enaltercer el erotismo entre la esposa y el esposo: el Cantar de los Cantares. "Todo el libro es voz del esposo y voz de la esposa" sostiene el erudito bíblico Alonso Schokel en un tratado sobre el mismo.
La Biblia nunca declara malo el cuerpo, por el contrario, lo eleva a una dignidad que no quieren reconocerle en el mundo de hoy (1 Co 6, 13-14). Tanto el cuerpo como el sexo deben ordenarse al servicio de Dios, porque somos piedras vivas con las cuales se construye la Iglesia de Cristo (1 Pe 2, 5).
En cambio, el mundo quiere que el cuerpo sea un esclavo del sexo y que las relaciones sexuales sean la norma. El orden de las cosas es subordinarnos en todas nuestras facetas humanas a Dios, y no al revés, como se pretende hoy en día, cuando se quiere que el sexo sea lo primero (1 Te 4, 2), y se glorifica una sexualidad totalmente desconectada de la espiritualidad; una sexualidad de idólatras, condenada por la Biblia (Ap 22, 15)
Dice Pablo
"... los que viven según la carne no pueden agradar a Dios" (Rom 8, 8)
Jesús será especialmente duro a la hora de advertir sobre la posibilidad de ser impuros sexualmente, si no cuidamos hasta nuestras miradas (Mt 5, 27-28). Pablo, por su parte, nos pide expresamente superar la lujuria (Rm 13, 13; Col 3, 5-7) y evitar la todas las formas de excesos sexuales (1 Co 6, 13; el término que emplea es "porneia", el mismo que aparece, semánticamente idéntico, en 2 Co 12,21 y Ap 19, 2)
Lo dicho explica por qué, en materia de políticas acerca de la sexualidad, el cristiano no puede apoyar nada distinto a una visión que dignifique el cuerpo y las relaciones sexuales, y no que las convierta en algo totalmente desconectado de los propósitos divinos. Hoy en día nos bombardean a toda hora con mensajes a favor de una sexualidad sin valores, y las consecuencias se dan por doquier. ¿Se han fijado cómo hablan los adolescentes de la sexualidad o de sus cuerpos? Allí no hay nada de digno, sino todo es banal e irrresponsable. Mientras no existan políticas que consideren al ser humano como integral en términos alma-cuerpo (distinción que no es bíblica, pues el hombre es una unidad ante todo) no tendremos una sociedad donde el sexo no sea un problema.